Bibliotecas usadas.

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Dibujo basado en la portada de «Grejo y el mar» de Daniel Martín.

A lo largo de estos años he tenido la suerte de visitar las mismas bibliotecas de los mismos colegios. Esta vez sucedió en el Colegio Brains Las Palmas, que regularmente, tienen a bien acercarse a mis libros y luego invitarme a compartir un espacio con sus alumnos y alumnas. Pero podría haberme ocurrido en otro centro.

Cuando volví a entrar en la bibloteca, creo que por quinto año consecutivo, tuve una agradable impresión, de encontrarme en un espacio usado. No me refiero a un lugar de segunda mano o prestado o gastado… Sino, exactamente, usado. ¿Y qué más se le puede pedir a una biblioteca escolar?

Este un espacio más bien pequeño, de forma cuadrada, luminoso. Con una amplia estantería llena de libros, una mesa con un ordenador, mesas y sillas que se pueden mover de un lado para otro, un proyector, muchos lápices, folios, papel blanco continuo, muchas fotos con niños con libros es las manos y dibujos pegados en las paredes… O sea, el desorden natural que se le exige a cualquier biblioteca que se convierte habitualmente  en un lugar de encuentro.

Nunca la palabra “usada” había adquirido tanto valor para marcar la diferencia entre las apariencias y el trabajo. Llegaron imágenes de otras bibliotecas como las del colegio Bañaderos, Caserones, Iberia, Costa Teguise… Todas bibliotecas usadas, manoseadas, utilizadas…

A pesar de la falta de tiempo del profesorado para desarrollar un currículum y procesos de aprendizajes alrededor de las bibliotecas escolares, los hay, muchos y muchas, que siguen creyendo que la tarea de educar está por encima de las ideologías partidistas y de las leyes, y siguen trabajando con las ideas centradas en una “educación del acompañamiento”, donde el niño y la niña tienen tanto que enseñarnos, como nosotros a ellos.

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