Carta abierta a unos padres que no han llevado a su hijo a comprar nunca un libro, y deciden hacerlo.

Llega el vleer2erano. A muchos padres les entra unas ganas irrefutables de realizar actividades nuevas con sus hijos. Como por ejemplo: llevarles a comprar un libro. Llegado el caso, si culmina la idea, no lo haga de golpe, pues su hijo creerá que está realmente enfermo. Puede aducir lo que desee, pero de verdad, tómeselo con calma.

Primero. Explíquele a su hijo lo que van a hacer. Básicamente se trata de entregar una cantidad de dinero por un objeto realizado con una amasijo de fibras vegetales prensadas, en las que se han podido imprimir dibujos (utilizar el término «ilustraciones» en un primer momento puede ser origen de un shock con severas consecuencias en la adultez de su progenitor) o muchas letras combinadas, que, en ocasiones, en muchas más de las que se pueda imaginar, tiene un cierto sentido y nos narra un hecho real o ficticio.

Segundo. No se le ocurra decir expresiones del tipo «el libro es un objeto caro» o «papi y mami se van a gastar mucho dinero». Su vástago podría entrar en conflicto si compara el precio de un libro con lo que usted se gastó en el último partido de liga o en probar la última hamburguesa de vaca engordada a base de polietileno, PVC, croquetas de materia orgánica sin especificar y hormonas.

Tercero. Cuéntele a su descendiente que el objeto en cuestión requiere tiempo. Que no hay que mojarlo para que crezca de tamaño, ni conectarlo a ningún dispositivo, ni se maneja con un mando, ni se acciona con un dispositivo oculto en algunas de sus páginas. Cuéntele que hay que sentarse, que ya eso requiere un esfuerzo. Cuéntele que puede hacerlo sólo. Cuéntele que no precisa de instrucciones previas ni argumentos extravagantes ni asambleas de padres ni de una tutoría especial. Cuéntele que es así de simple.

Cuarto. Indíquele a su retoño que puede cerrarlo y abrirlo cuanto desee. No se preocupe, él no deducirá esta advertencia como una actitud libertina ni despreocupada por su parte; usted seguirá ejerciendo la responsabilidad que como padre le ha sido otorgada. Su retoño no pensará que lo abandona a su suerte. No creerá que nadie le dará las buenas noches ese día. Explíquele que, incluso, puede dejar de utilizarlo en un momento determinado. Usted tranquilo, él no entenderá esta posibilidad de decisión personal como una puerta abierta al pillaje, terrorismo o consumo de sustancias estupefacientes.

Quinto. Adviértale a su heredero que puede escoger el que quiera entre muchos. Que las librerías no son como los conos de papas, que aunque sean todas diferentes saben siempre igual. Y usted descuide, la posibilidad de elegir no va a afectarle a su sistema reproductor ni endocrino.

Sexto. Leer tiene efectos secundarios. Se han descrito degeneraciones importantes en el sistema límbico de los lectores, produciendo alteraciones que conducen a los sujetos hacia emociones placenteras como la alegría, el altruismo o la generosidad. Además ocasiona un efecto muy peligroso contra el que no se conoce remedio alguno: la ilusión, que es la capacidad de dirigir los sentidos hacia nuestros anhelos más profundos.

Así que ya sabe padre, madre o tutor, hay actividades veraniegas que pueden ser perjudiciales y debemos saber que riesgo asumimos.

Dicho queda.

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