El libro de la vida en las aulas de adultos.

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Soy maestro. Lo sé. Aún tengo mucho que aprender: esa es la prueba. Hace una semanas recibí un abrazo colectivo, de esos que te devuelven a la realidad de golpe, sin anestesia y con poco espacio para el aire. Me invitaron a participar en una sesión en el aula de adultos del Batán. Allí me fui con mi libro, Arehuc, algunas historias bajo el brazo y el cosquilleo habitual que aparece antes de enfrentarte a lo desconocido. Pero no. No era  nada desconocido. Se llama curiosidad, esfuerzo y ganas por compartir, que es cuando de verdad aprendemos. Y volví a darme cuenta como la literatura, una vez más, es capaz de igualar generaciones, de colocarnos a todos en el mismo plano, y aprendemos más de lo que intentamos enseñar. Fácil y complejo a la vez. Pero mágico, tanto, que semanas después vuelvo a echar de menos esa hora de cuentos, historias, narración y literatura compartida del libro de la vida.

Allí estaban algo más que una docena de maestras y un alumno.

Y para no dejar solamente responsable a la difusa memoria, la fotografía de Sandra F. Álvarez ilustra el mejor cuento contando, hace unas semanas, durante el invierno cálido en el barrio del Batán, aquí, en Las Palmas de Gran Canaria.

Aula de adultos: el Batán.

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