«El ratón que quería un palacio»

«El ratón que quería un palacio» es un álbum ilustrado publicado por Libros de las Malas Compañías. Escrito por Charo Pita e ilustrado por Miguel Ángel Díez. Ninguno de los dos es nuevo en esto y se nota. Se palpa el oficio de narradora, el manejo del lenguaje oral y de la narrativa en Charo. Y se siente que Miguel Ángel, además de ilustrar, es también escritor.

Mi abuelo me explico un día que el barniz a puño, en otros lugares se le conoce como muñequilla, aunque da muchísimo trabajo, es el más profundo, duradero y menos dañino para la madera. Es una caricia constante; es como si pidieras perdón a la madera; se aplica con un equilibrio perfecto, entre la firmeza y la delicadeza: todo a la vez. El ebanista sabe lo que quiere. No hay dudas. 

Es lo que me sucede con ciertas editoriales. Cuando coges uno de sus libros, sientes que hay un motivo, que se ha aplicado una capa de barniz que lo hace inconfundible. Es lo que me pasa con Libros de la Malas Compañías. No hay dudas. Son libros honestos.

Escritora+narradora+ilustrador+editora= «El ratón que quería un palacio».

Ayer mismo comentaba en la presentación de un libro que “los libros infantiles no están escritos para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos”. Y, aunque las preguntas suelen ser universales, cíclicas, aparecen cuando uno las necesita. ¿Qué es lo realmente importante? ¿Qué necesito? ¿Qué quiero? ¿Cómo consigo cumplir mis deseos y mis sueños? ¿Cuánto debo equivocarme? El ratón que preside esta historia busca respuestas a estas preguntas una y otra vez. Bajo mi punto de vista, siempre, este relato tiene una virtud: la sencillez, que no debe confundirse con simpleza. Debajo de ese barniz, aplicado a puño, se esconde una profunda idea y una búsqueda constante de la felicidad, de lo que realmente nos hace merecedores del premio que todos buscamos. Y si antes comentaba la sencillez del relato, las respuestas a las preguntas, también lo son. Y por eso, me ha encantado este libro.

Me he divertido contándolo, leyéndolo… y cocinando —y no pienso contarte porqué lo digo—. Cuando le narro a mis alumnos y alumnas, siempre les advierto que no voy a hacerles ninguna pregunta sobre el texto, que solo quiero que escuchen y disfruten del regalo que van a recibir, que es una suerte poder hacerlo. Pero justo, en una de las clases, después de leerles el cuento, surgió la conversación: «¿Qué cosas nos gustaría tener en nuestro palacio?» «¿Qué cosas nos gustaría encontrarnos cuando entráramos en él?»

Cada vez estoy más convencido: los niños y las niñas son sabios que los “adultos” hemos dejado de atender.

Al día siguiente me hicieron este regalo:

¿No ha sido maravilloso el encuentro con «El ratón que quería un palacio»?

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