Escuchar para SER.

Nos sentamos alrededor de una mesa con un grupo de amigos y escuchamos las vivencias de nuestras vidas de manera distendida, sin apoyo ninguno de imágenes ni selfies ni vídeos. Entonces surgen de manera espontánea, unas tras otras, las secuencias en nuestra mente y vamos recreando las vidas de los otros y nos tomamos la libertad de interpretar a nuestro antojo e inferir, sin pudor ninguno, en el desarrollo de la historia. De alguna manera la hacemos propia, la comparamos con otros recuerdos y experiencias y valoramos como nos afectará al futuro. Nos entrenamos para la vida. 

Un grupo de hombres y mujeres se sientan alrededor del fuego que crepita levemente, como un susurro natural y quejoso. Cae definitivamente la noche. Alguien se levanta y alza la voz narrando hazañas de cacerías pasadas y buscando respuestas en las montañas o en el vuelo de los pájaros o en las formas de las nubes, a preguntas que han surgido durante el día y aún no han obtenido respuestas. Se escucha en silencio y con respeto, tanto, que da miedo. Forman un círculo: el círculo de la palabra, que les une, que les configura como pueblo y que les salva del olvido. 

Una maestra sienta a los niños y a las niñas alrededor suya. Apaga la pizarra digital, cierra la puerta y tranquiliza a su alumnado con dulces y firmes mensajes. Agarra un libro entre sus manos, lo abre con solemnidad para que todos se den cuenta lo que va a pasar. Se hace silencio, no es la primera vez. Comienza a leer un cuento. Es un relato de un viajero que recorre los mares en un submarino y se encuentra con animales fantásticos y se topa con ciudades sumergidas donde la gente vive. Es verdad que alguno se mueve y se evade, pero en general el alumnado está atento. La historia no dura más de siete minutos, son pequeños aún y nuevos en el arte de escuchar. Pero ella sabe que poco a poco irá incrementando aún más los detalles, las páginas y el simbolismo en las historias. Es necesario. Es vital: escuchar para crecer, crecer escuchando. 

Recuerdo con mucho cariño y placer el momento en que mi madre me ponía los discos de vinilo. En cada cara había cuatro o cinco cuentos, versiones de los clásicos. Solía ser los sábados, antes de comer. A lo mejor mi memoria me falla. Tendré que preguntarle. Había muchas palabras que no entendía, pero daba igual. Quiero creer que, si necesité conocer el significado de alguna, lo pregunté o simplemente dejé que mi imaginación la sustituyera por otra parecida o se inventara algo que ocupara el hueco del desconocimiento. Y le agradezco siempre esa feliz idea. No tuve esas mismas oportunidades en la escuela en la que estudié. Mi abuelo trabajaba en un cine, y vi mucho, pero también escuché. Vivía las películas de manera diferente. Muchas veces las oía desde la cabina, sin ver las imágenes, así que yo iba construyendo todas esas escenas y me recreaba construyendo a los personajes, las situaciones e incluso el color de los coches que conducían o de la ropa que llevaban.  

Hoy se escucha menos que ayer. O lo que es más desalentador, se escucha con más interferencias que ayer. A la capacidad de atención, de concentración, de entender, de desechar la información superflua y quedarse con la que verdaderamente importa, hay que añadir la de discriminar entre tanto ruido el origen de la fuente y el mensaje original: hay que saber sintonizar. Vivimos en un mundo con demasiados cruces de caminos. Escuchas y ves tertulianos hablando el uno sobre el otro, intentando imponer sus criterios utilizando sucios recursos. Ves a grupos que mantienen varias conversaciones a la vez mientras no levantan la cabeza de sus terminales móviles. Estás en reuniones o encuentros de amigos donde continuamente se interrumpen porque alguien contesta un mensaje, saca una fotografía para el postureo o siente la necesidad en ese justo momento de saber cómo ha acabado el partido de fútbol que se jugó en el otro continente porque en ese instante se hizo un silencio al que somos cada vez menos tolerantes. O vez a representantes púbicos golpear sus bancos o abuchear a sus oponentes políticos cuando dicen algo con lo que no están de acuerdo.

Por eso creo que es crucial que los docentes, educadores e instituciones públicas y privadas, recuperen espacios para la voz y potencien «gimnasios» para entrenar la escucha

  • para que el educando disfrute y se sienta acariciado e interpelado por los matices y modulaciones de nuestras voces que transmiten historias y cuentos;
  • para que el oyente se acostumbre a ser único y sienta la libertad de construir su propio relato utilizando las palabras que fueron de otros;
  • para que se sean capaces de recuperar la esencia del discurso entre tantas banalidades y quedarse con lo que realmente considera importante y puedan construir una experiencia que le sirva para la vida, la presente y la futura;
  • y para estar tranquilos, reposados y regalarnos un precioso tiempo que nos merecemos para tomar mejores decisiones y disfrutar mucho más de nosotros mismos y de los que nos rodean. 

Escuchar es una actitud que nos hace más tolerantes y nos ayuda a descifrar las claves de nuestra propia historia, a construir un relato propio. Escuchar está en el A.D.N. del hábito lector y de la escritura. Escuchar es la esencia del diálogo constante y la concordia, del respeto y de la convivencia. Escuchar es un proceso que se enseña, se educa, se adquiere, se practica de manera activa. Escuchar está en los cimientos del autoconocimiento y de la necesidad de entendernos a nosotros mismos.  

Por eso, los narradores, los cuenta cuentos, los cuenteros, o como quieras llamarlos, son hombres y mujeres que buscan la paz con el auditorio y se reconcilian constantemente con ellos mismos, que utilizan la palabra para tender puentes y que te acompañan en la construcción de tu discurso para que sea único y creativo. 

Quizás, como ahora tenemos que pagar por ello, o bien pasando por taquilla o bien a través de nuestros impuestos, corremos el riesgo de verlo y entenderlo como un producto y no como un derecho o una necesidad. 

Los docentes, los padres y las madres, los educadores y los mediadores en cualquiera de sus facetas profesionales, debemos defender los espacios para el diálogo y la conversación, para la reflexión y la escucha, para el encuentro.

No debemos olvidar nunca el placer de regalar lecturas en voz alta, cuentos narrados e historias contadas. No debemos olvidar nunca que para SER, tenemos que ESCUCHAR(NOS), por dentro y por fuera. No debemos olvidar nunca que la lectura y los libros son un medio para lograrlo. 

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