La voz interior: peaje personal en la narración oral.

Llevo años narrando cuentos con más o menos fortuna. La narración me ha hecho feliz, he crecido junto y con ella.

Aunque cobro, si lo considero, por cada sesión, no vivo como un profesional de la narración. Pero siempre me lo he tomado con si lo fuera, con el máximo respeto al público, a la profesión y quien me contrata o me solicita. 

En el panorama de la narración oral, en estos últimos años, he percibido un cambio a mejor. Aparecen nuevos narradores y narradoras en la escena, nuevas energías, y aunque las historias no dejan de ser tan diferentes, los contextos y los procesos cambian. Continúan las amenazas, las de toda la vida, y surgen otras que se suman.

He recorrido un proceso profundo en este último tiempo de reflexión. Como dice un buen amigo mío, «los caminos que has recorrido se reconocen cuando vuelves por ellos». Y así ha sido con mi voz interior. Estoy de vuelta y no soy el mismo. 

Antes me preocupaba por cosas que ahora han dejado de ser significativas. Ya no me importa el número, he dejado de contar cuántos vienen. He dejado de preocuparme si los cuentos ya han sido narrados por otros, que textos utilizó el último narrador o narradora que pasó por ahí. Me da igual. Los cuentos son diferentes porque nosotros lo somos. Cada historia nos dice algo particular: somos lo que contamos y somos lo que escuchamos. También somos lo que reímos y yo quiero, sobre todo, reírme de mí mismo. Tengo un clown con una nariz enorme que no deja de hacerme guiños y una voz interior que no deja de retumbar.

Escuchar es un acto de generosidad extrema. Es el amor mismo. Yo estaba equivocado: antes le daba una cierta importancia a cualquier premisa técnica, escénica, económica o ejecutiva; ahora no, hoy está en primer lugar el reconocer a cada individuo, uno por uno, para agradecerle su presencia. Yo lo había escuchado en la teoría y lo había leído en contadas ocasiones. Ahora sé, después de 20 años, que estoy preparado para ello.  

Por eso he querido comenzar esta nueva temporada en «Animalec» con esta reflexión, a la que se unirá otras, sobre la narración oral, sobre el cuentacuentos que llevo dentro.

Encontrar la voz propia es un ejercicio que no concluye nunca. Lo mismo ocurre con cualquier profesión que siembra con la palabra. Cuando abandoné la búsqueda, dejé de ser un narrador para convertirme es un tecnócrata. La voz interior es lo que nos hace únicos ante nosotros mismos. Es lo que nos distingue del resto. Y viene con el pack completo. No hay medias tintas. Trae todo lo bueno y lo peor. Trae las experiencias. Trae lo que está sucediendo ahora y lo que desconocemos qué pasará. No quiero pensar que haré pie, porque me ahogaré en el mar de dudas. Esa es la voz interior: la que estoy escuchando ahora. No es el eco, ni forma parte del deseo. Lo que se dice, lo que decimos, es lo que suena. Dardos sin venenos, que nos hacen saltar del sofá o girar la cabeza, que nos inquieta o nos reconforta, que nos acaricia y nos señala como genuinos.

No pretendo dar lecciones. Mi intención es mostrarte mi experiencia en este proceso de volver a significar la narración oral para que tú, si lo consideras, puedas compartir la tuya también, pero no necesariamente conmigo, que no soy nadie, sino con las personas que te escuchan diariamente, empezando por ti.

«Y, como antes, las bellas historias y los cuentos hacen soñar sueños y recobrar la ilusión a los niños». (Boca cerrada y el poder de los cuentos, Gigi Bigot – Pèpito Matéo – Stéphane Giret, Edelvives)

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